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El Festival de la Leyenda Vallenata premiará la mejor parranda

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Este año se instaura un nuevo concurso, basado en la tradición en la que germinó este folclor

La parranda es la columna vertebral del folclor vallenato. Así lo ve el Festival de la Leyenda Vallenata que está próximo a realizarse (del 26 al 30 de abril). Por eso le dedica un nuevo concurso en el que grupos de amigos parranderos recrearán el formato más típico de esta ‘tertulia musical’, en la jornada del viernes.

La propuesta de premiar la mejor parranda fue del vicepresidente del Festival, Efraín Quintero, y el objetivo fue fortalecer la misión de preservar la tradición, sobre todo después de la inclusión del vallenato tradicional en la lista de salvaguarda urgente de la Unesco.

La parranda vallenata se ha desdibujado en el último medio siglo. Para explicar lo que es, Quintero se remonta a la historia en Valledupar y sus alrededores.

“Hubo casas como la de Ana Gregoria Fragoso, donde la señora Petra Arias en el barrio El Cañaguate, o donde Goya, en el Loperena –evoca Quintero–. Esta última era una posada donde pernoctaban juglares que venían de afuera. Llegaba un Náfer o un Alejo Durán y la gente se reunía alrededor”.

Otro escenario era el Café de la Bolsa, fundado a imagen y semejanza de un cafetín paisa, por el antioqueño Colí Botero. Lo ubicó cerca de la zona bancaria, donde se hacían transacciones.

“Llegaban a reunirse allí personajes de Valledupar –relata Quintero–: el negociante, el político, el que pedía un préstamo. Empezaban tomando café, luego whisky, después llamaban a Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, a Calixto Ochoa o al músico que estuviera por ahí. Allí el pintor Jaime Molina tenía un sitio especial, en el que todos los días publicaba una caricatura nueva y recreaba las peleas entre políticos o personajes sociales”.

En el Café de la Bolsa también se estrenaron canciones. “No de la forma como se hace hoy –explica–, sino que Rafael Escalona estaba tramitando un negocio de banco, llegaba y llamaba a Colacho y le daba allí una composición nueva. De pronto aparecía otro músico y había contienda entre ambos. Ahí empezaban a surgir los versos. La parranda era el taller donde se forjaron las composiciones de nuestra música”.

En las casas, la parranda era distinta: en sus patios amplios, bajo la sombra de un palo de mango, la gente llegaba a tomarse un trago y se armaba conversación –al principio, las mujeres se mantenían ajenas–. Allí surgió la figura del cuentero, “no cuentachistes”, recalca el gestor de la nueva competencia. Y agrega:

“El cuentero les ponía la chispa a las anécdotas. Sacaba a relucir lo que le pasaba a fulano con perenceja. También se convocaban músicos. Entonces, la señora hacía el sancocho o preparaba un chivo, es ahí donde entra la comida típica”.

Pero los parranderos estaban más pendientes del trago. “Incluso había peleas –dice Quintero–. Podían llegar a los puños y al día siguiente se abrazaban y hacían otra parranda para reconciliarse. Nunca hubo un muerto. Era simplemente una reunión de amigos, que se fue replicando a otras casas de Valledupar”.

Muchas de estas casas se identificaron como parranderas. La de los Pavajeau, la de los Quintero, la de Óscar Pupo (amigo de Alfonso López Michelsen). Y empezaron a congregar a la élite vallenata. “Antes de que naciera el Festival (1968), existía la tradición del Pilón, pero para la época de carnaval”, relata el experto.

“Evaristo Gutiérrez (papá del compositor Gustavo Gutiérrez Cabello) se iba a casa de Oscarito Pupo, comenzaba a tirar los versos de ‘El pilón’, acompañado de banda de viento porque no había acordeón. Iban de casa en casa llamando a otros hombres y juntos volvían a casa de Pupo a abrir la parranda. ‘El pilón’ entonces no se bailaba, el baile empezó después, al crearse el Festival y con él integraron a las mujeres”.

Algunos parranderos gastaban fortunas en pos de conseguir un músico y organizar parrandas con amigos. Son legendarios Andrés Becerra, Poncho Cotes y los hermanos Roberto ‘El turco’ y Darío Pavajeau. Por esto, los premios de la nueva contienda llevan sus nombres.

Quintero anota que la importancia de este aspecto de la cultura de su tierra fue tal que a punta de parrandas vallenatas –‘exportadas’ a Bogotá– se creó el departamento del Cesar (1967), cuando López Michelsen empezó a integrar a los cachacos de las élites bogotanas a este tipo de encuentros en escenarios muy distintos, como salones de hoteles capitalinos.

Después, la parranda –que en poblaciones vecinas a Valledupar también tenía sus centros de reunión– se fue desdibujando. La comercialización y las nuevas formas de ver la música la arrinconaron. En esos primeros tiempos “no había derechos de autor, entonces pasaban cosas como que Leandro Díaz tenía una canción llamada ‘Corina’ y Escalona, en El Café de la Bolsa, tiraba una letra distinta, la de ‘La brasilera’, con la melodía de ‘Corina’. Y sucedía que los versos de ‘La Brasilera’ se hacían más famosos y no pasaba nada, porque en esos tiempos la música parecía no tener valor ni título de propiedad, todo era intercambio de versos sin compromiso”.

Así será la competencia

El único escenario donde no está bien visto bailar el vallenato es en una parranda, porque el énfasis está en prestar atención a la música y las anécdotas. Esta norma no es negociable y está en el reglamento de la nueva competencia.

La parranda exige la reunión de un grupo de amigos (mínimo 10) que se reúnan en una casa donde también estén presentes un conjunto típico vallenato (sin amplificadores ni tecnologías), un cuentero y la comida tradicional (sancocho y friche). La competencia será el 29 de abril (de 11 a. m. a 5 p. m.). inscripciones y reglas: www.festivalvallenato.com.

ELTIEMPO/Entretenimiento

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